jueves, junio 23, 2011

Momentos...


El lugar estaba casi vacío. No porque todavía no hubiera llegado nadie, sino porque todos se habían marchado ya. Julián secaba los últimos vasos con un usado - sin embargo limpio - trapo de cocina mientras observaba, de manera disimulada a los músicos que se encontraban recogiendo sus instrumentos, listos para partir. Había sido una buena noche para ser miércoles: un grupo de jóvenes (seguramente universitarios) habían llegado a darle vida al lugar, y aunque consumieron una generosa cantidad de bebidas y comida, y se veían muy animados y no dejaban de platicar y de cambiarse de lugar, no ocasionaron ningún problema. Ninguna pelea, ningún drama amoroso ¡vaya, ni un vaso roto! pensó Julián y sonrió discretamente. Le gustaría que los fines de semana acudieran más personas así, que se dedicaran a hablar de música y películas en lugar de "viejas" y "sexo". Meneó la cabeza preguntándose qué le estaba sucediendo a las generaciones que le seguían. Él no era viejo, para nada. Apenas rayaba los treinta, pero se veía muy bien para su edad. "Mi edad..." pensó nuevamente. "Y mi generación qué. Al menos estos chavos se divierten. Mi generación somos una bola de treintones demasiado asustados para comprometernos en una relación y si llegamos a estar en una relación seudo-estable, somos demasiado egoístas como para querer formalizarla. Nuestras mentes están más ocupadas en obtener dinero, formar un patrimonio, viajar y descubrir quién sabe qué madres antes de buscar lo realmente importante".

- Toc Toc, ¿puedo interrumpir tus pensamientos? - habló una melodiosa voz femenina. Era Zhara, la vocalista del grupo de "jazz y rock clásico" que había tocado esa noche; la noche del miércoles; de todos los miércoles. Esa voz era la razón por la que Julián había tomado ese trabajo y la razón por la cual muchas noches de miércoles Julián no podía dormir (y no precisamente por la desvelada).

- Claro, Zharita. Tú siempre puedes interrumpir cuando quieras, ya lo sabes.
- Hombre, gracias, pero lo decía porque igual y habías descubierto algo o estabas escribiendo uno de esos poemas tan bonitos que luego me lees y te había desconcentrado.
- Lo que fuera, ya se fue. Ahora tienes toda mi atención.
- Es que quería despedirme, porque ya nos vamos. Y...
- ¡Claro, claro! El dinero. No te preocupes, no iba a dejar que se fueran sin él.
- Mil gracias, Juli, eres un guapo.
- Nombre,... ahorita te lo doy - Julián fue hacia la caja registradora por el sobre con el dinero del grupo. Un poco decepcionado, para ser honestos, de que sólo lo interrumpiera para eso. "¡Pues qué esperabas, idiota! Si nunca la invitas a salir qué quieres, ¿que ella te dedique una canción y luego te declare su amor? ¡Marica! ¡Se supone que tú eres el hombrecito, ¿no?!" Sacudió esos pensamientos de su cabeza y volteó, pero ya no era Zhara la que esperaba el sobre, sino el baterista de la banda, un amable viejito (si se enterara que le decimos viejito nos rompe la crisna) cuyos hijos consideran que debería retirarse y dedicarse a estar sentado en una sala tomando medicinas y viendo programas de televisión en lugar de "estar jugando a ser joven", pero cuyos nietos aman por lo "cool" que es su abuelito roquero; es decir, Don Armando.
- ¿Qué pasó, mi Don?
- Pues ya ves, aquí recolectando el pan de cada día.
- Faltaría más. - le entregó el sobre y platicó un poco sobre lo bien que tocaron, lo "simpáticos" que eran los jóvenes y el extraño suceso de las noticias: habían robado una importante pieza artística de un museo que se suponía era el más seguro del mundo. Lo extraño es que los ladrones devolvieron la pieza el mismo día, sin que nadie lo notara y aparentemente sin ocasionar ningún daño a la obra. Cuando se terminó la plática, fue Julián el que, sin querer queriendo, sacó el tema:
- ¿Y ya recogieron todo? ¿Ya están todos: Diego, Salvador, tú y...Zhara? - al oír mencionar el nombre de Zhara Don Armando sonrió de una manera extraña y respondió que ya estaban todos, que Zhara y Salvador habían ido por el coche para subir los instrumentos.
- Ah. - respondió Julián sin muchas ganas. "Salvador. Salvador y Zhara fueron por el coche. Lógico, ella siempre quiere asegurarse que todo salga a la perfección y Salvador no permitiría que fuera sola. Además es el coche de "Salvador". Qué feo nombre, como si realmente salvara a alguien (disculpen a Julián si ofendió sus sentimientos, podría llamarse de cualquier otra forma, tampoco le gustaría su nombre; no es contra los Salvadores, sino contra una persona)".
- Pero no te preocupes, hijo.
- ¿Por qué habría de preocuparme, Don Armando? - a lo cual el viejito sólo respondió con otra sonrisa como diciendo "estos jóvenes de hoy". En eso entraron Salvador y Zhara anunciando que el coche estaba afuera. Obviamente Julián se ofreció a subir todos los instrumentos, ayudó en lo que pudo y se despidió cariñosamente de todos. Zhara lo abrazó, le dio un beso en el cachete y le dijo: "¡Hasta el miércoles, chulo! Pórtate bien" Julián le sonrió y la acompañó hasta el coche, abrió la puerta, esperó a que se subieran todos, cerró la puertita del coche y se despidió con una mano mientras el coche se alejaba perdiéndose en el tráfico citadino. Regresó adentro, y puso un disco en el aparato. Un disco que Zhara le había recomendado; que le había regalado. Comenzó Those Sweet Words de Norah Jones y él se sirvió un trago. Se sentó en la barra y observó el escenario, ahora vacío. Imaginaba a Zhara cantando esas canciones sólo para él. Así se quedó hasta que el CD se terminó. Tomó su vaso y lo dejó en el fregadero; tomó las llaves y su chaqueta del armario, apagó las luces y salió. Cerró todo y comenzó a caminar por la calle rumbo a su hogar, a unas cuantas cuadras del local. Todo estaba en silencio y el pálido tono rosa comenzaba a asomarse por encima de los edificios. Al llegar a su departamento, aventó las llaves en el cuenco de la entrada y se fue desvistiendo camino a su habitación. Se tumbó en la cama y miró por la ventana. Un pájaro se posó en una rama y comenzó a cantar.

"Soy un idiota" le dijo al pájaro e inmediatamente se durmió.

viernes, septiembre 17, 2010

Where did you go?



I remember you, you were so secure, so beautiful and so young. A young woman, who used to speak the truth and only the truth; you loved Shakespeare plays, acting, reading and art. You were not easily underestimated nor misunderstood. I remember you like if I met you yesterday. Now what's left of you is buried somewhere in a random street in Barcelona, deep do
wn in the corners of my being, waiting... waiting for me to come back for you.

I remember you, always scribbling away in your notebooks, stories, adventures and creatures brought out of your imagination like it was an easy thing to do. The only thing that ever worried you was love, that incandescent yearning to find your soulmate, the "one". On the way you found,... well,... some beasts that are oddly called by society "men", even "gentlemen" but they weren't.
And yet, you always managed to smile and go on. You were kind, honest and gosh, so strong. Full of energy and dreams,...

Now I must do the same thing. I have to find the strength to smile and go on, return to the "basics". I must find you,... I WILL find you really soon. It's a promise.

I won't let myself be enchanted by anyone less worthy than you, nor deceived or betrayed. You - I... we- shall love with passion, courage and soul, someone who will return this affections and shall know that he is one lucky "guy". But most important, I'll be myself, I'll read again, talk about things that matter, that I like and in my work, in every project, homework or sketch that I'll do, something of myself, of my knowledge and my passion will be imprinted. So everyone, not just "anyone" will know, it's my doing, it's a part of me. Because I promised myself, some time ago, I would devote my life to art. And I keep my promises, of that you can be sure.

Then, with my head held high, I will go to that random street in Barcelona, to that small restaurant by the see, where I left you with those promises and I'll bring you back to join me.


(17 de septiembre de 2010, "enough is enough". Autoreflexión)


jueves, agosto 19, 2010

seis de la mañana

Eran las seis de la mañana cuando falleció. Desde entonces, cada mañana, sin falta, María se despertaba sobresaltada. Ya habían pasado unos meses y todavía lo primero que hacía era voltear a ver a un lado de su cama y comprobar, una vez más, que se había ido. Todavía no se acostumbraba a dormir en una cama tan grande ella sola y seguía ocupando “su mitad” sin atreverse a ocupar el otro lado o cambiarla por una más pequeña. Su ropa, sus zapatos, las corbatas y hasta la vieja bata de baño verde botella seguían en su lugar, impregnadas con su olor. No quería deshacerse de ellas aunque verlas le oprimiera el pecho, porque sabía que lo contrario sería mucho peor, sería hacerlo desaparecer, y todavía no estaba lista.

Cualquiera pensaría que, como toda persona normal, María vivía desarreglada y en un departamento desordenado, pero no era así. Cada mañana, se bañaba, vestía, peinaba y perfumaba como sabía que a él le hubiese gustado. Mantenía la casa en un impecable orden y limpia hasta por detrás y debajo de los muebles (donde nosotros sabemos que la mayoría de las personas no limpia tan seguido). Eso sí, no usaba maquillaje porque constantemente lo hubiese arruinado con lágrimas o el roce del pañuelo al secarlas.

Se dio permiso de no trabajar, aunque perfectamente hubiera podido hacerlo (ella es de la creencia que la vida personal jamás debe mezclarse con la laboral en ningún sentido) y se dedicó a viajar por su ciudad. En uno de sus primeros viajes encontró un pequeño café y una mesita en un rincón desde donde podía observar a los transeúntes sin que ellos lo sospecharan y se dedicaba a imaginar sus vidas. Iba a exposiciones de arte y se maravillaba de las porquerías que se exponen hoy en día. Más aún, le impactaba la cantidad de personas que admiraban esas tonterías y que pagaban cantidades altísimas de dinero por tenerlas. Otro de sus descubrimientos fue el cine. Claro que había ido incontables veces anteriormente, pero desde que asistía sola, se percató de la increíble sensación que da el olvidarte de tus problemas y durante dos horas sumergirte en la vida ficticia de otro ser y compartir sus problemas. No le gustaban las películas con finales tristes, prefería las comedias románticas o de enredos amorosos; siempre salía contenta y había veces que una sonrisa lograba asomarse por la comisura de sus labios. El día que una película logró hacerla reír, no dudó en comprarla en cuando salió a la venta.

Así pasaban los meses para María. Pronto fue un año y tuvo que regresar a trabajar. Se dedicó de lleno e hizo nuevas amistades. Comenzó a salir con ellos y asistir al cine y a las exposiciones de arte acompañada, pero nunca le enseñó a nadie el café, era su secreto. Pasaron cinco años, y dejó de frecuentar el café. Había renunciado a su antiguo trabajo y se dedicaba a dar clases en una universidad; ganaba bien, donó todas las pertenencias de su difunto esposo excepto un reloj y su anillo de matrimonio y continuó con su vida. Cuando se cumplieron diez años de la muerte, algo cambió. En un arranque de locura, vendió su departamento y compró una casa con vista al mar, rescató un perro callejero, lo adoptó como propio y comenzó a pintar. Primero eran bocetos, después comenzó a tomar clases de óleo, acuarela, lápiz, lo que fuese. Pintaba en las mañanas, por las tardes e incluso se desvelaba con algunos proyectos. La gente del lugar comenzó a interesarse por su obra y en poco tiempo tuvo una exhibición. Cuando vio que la gente asistía a ver sus cuadros e incluso le ofrecían cantidades obscenas por ellos, se rió al recordar su antigua opinión de los artistas contemporáneos y sonreía. Sonreía mucho, era feliz. La herida de su corazón finalmente había sanado casi por completo, y no había necesitado otro amor para lograrlo como en las películas románticas donde siempre las protagonistas acaban con alguien. Ella era fiel al amor que había tenido y seguía teniendo dentro ese calor, ese recuerdo. Pero todavía faltaba algo. Una noche, comenzó un nuevo cuadro. Lo empezó varias veces, corregía errores, se enojaba y salía a dar un paseo por la playa con su perro para luego regresar y seguir trabajando. Trabajaba en él hasta el agotamiento y se quedaba dormida frente al gran lienzo. Una mañana, una fría mañana de octubre, se dio cuenta que estaba terminado. Miró a su perro y le preguntó: “¿cuándo te hiciste tan viejo?” No se había dado cuenta del paso del tiempo, pues rara vez uno ve los cambios en uno mismo. Hizo unas cuantas llamadas y pronto su cuadro fue exhibido en una famosa galería de arte. La gente viajaba desde los rincones más alejados del mundo para ver la obra maestra de María. Muchas ofertas se hicieron, pero ella negó todas. Pensaba donarlo a la universidad donde dio clases.

Han pasado ya treinta años desde esto y yo, alumna de la universidad, tal vez sea la única persona viva que conoce su historia. Cómo sé de ella es algo que jamás revelaré, como el pequeño café en la avenida, que continúa siendo un secreto para el resto del mundo, incluso para mí. Lo que puedo compartirles, es muy simple. Puedo decirles el título de su obra. Se llama “6am”.


Ésta es la primera vez que le diré a mis lectores que, con todo el respeto que les tengo, si el texto anterior no les gusta, les parece muy largo o extraordinariamente cursi,...francamente no me importa. :) No fue hecho para ustedes, sino para mí. Al que le sirva de algo, provecho. Al que no,...haga algo productivo con su tiempo!